Quiero recordar especialmente a Francisco de Asís

El abrazo es un lenguaje que reemplaza a las palabras y que incluye cariño, ternura, emoción… pero sobre todo apertura del corazón. A Francisco podríamos definirle como “el hombre de los abrazos”. Fue la persona que supo abrazar a todo y a todos. Desde el comienzo se sintió llamado a un estilo de vida nuevo y se dio a él con ahínco. Pronto se le juntaron hermanos de todo tipo y no puso ninguna pega a nadie, recibió a todos, abrazó a todos. Con tal de que el Evangelio de Jesús les interesara de verdad, ya no había condición. Cuando estaba al final de su vida, echaba la vista atrás y repetía: “El Señor me dio hermanos”.

Fueron para él un don de Jesús y los abrazó con toda calidez, con todo cuidado. Algunos amigos le daban el calificativo de “madre”, en vez de padre, por su ternura y acogida.

Fue el regazo cálido de una madre para quienes buscaban la fraternidad, y ellos, no guardaron sus abrazos para ellos solos. Se lanzaron a los pueblos para ofrecer aquel nuevo estilo de vida, que incluía el amor y el abrazo, como núcleo de más honda verdad.

Hay dos abrazos memorables de Francisco: Aquel que había dado en sus años jóvenes a un leproso, y en el que había aprendido que las dolencias del alma son tan importantes como las del cuerpo. Y que se curan a base de abrazos. Había visto su vida abrazada por Jesús y quería hacer lo mismo en toda persona que sufre. Tan potente es la fuente de la que brotan aquellos abrazos que se extendían no solo a las personas sino a las cosas: El sol, la luna, la tierra, el agua, el fuego, las plantas… eran de verdad hermanas.

Francisco tuvo muchos motivos para renegar de sus hermanos pero nunca lo hizo, él siguió siendo hermano igual que al comienzo. En esos momentos su abrazo estaba hecho de sufrimiento y de dolor, envuelto en lágrimas, pero siguió abrazando a los hermanos porque creyó firmemente que si rompía aquel abrazo, si se quebraba la fraternidad, nada ya tendría sentido.

Nada de esto habría sido posible sin el OTRO gran abrazo, aquel que Jesús crucificado dio a Francisco, abrazo estrecho, gozoso, doloroso y con el que vivió toda su vida y que al final dejó incluso en su cuerpo sus queridas marcas.

Hombre de abrazos, eso es lo que fue Francisco en su vida, eso enseñó a sus hermanos, eso es lo que dejó como mensaje y legado.

Una persona que quiere seguir a Francisco tiene que saber abrazar y practicar con profusión la técnica de los abrazos. Quien no tenga facilidad para abrir los brazos y el corazón aún no ha entendido a Francisco. El camino para hacer fraternidad tiene entre otras cosas que caminar por los abrazos.

Con todo cariño. Hna. Mª Jesús

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