Fe e increencia

Queridas familias, de nuevo estoy con vosotros. Esta vez vamos a tratar de acercarnos a unos textos bíblicos que pueden resultar interesantes para descubrir un poco el Evangelio.

Al margen de que vayáis a la Eucaristía o no, son textos bastante conocidos y espero que no os resulten demasiado extraños.

El primer texto es Mt 4,1-11. Seguramente la mayoría de vosotros recordará este texto por el nombre que le han dado siempre: “Las tentaciones de Jesús”. El segundo es el texto de la Transfiguración Mt, 17,1-9. El tercero es del evangelio de Juan, el capítulo 4. Por último, también de Juan, el capítulo 9.

Generalmente, la Biblia se nos cae de las manos, porque tiene un lenguaje especial, tan especial que la arrinconamos, con bastante razón, porque es “dura de comprensión”. No tenemos suficiente cultura y nos vamos perdiendo lo mejor.

El Evangelio es más asequible, pero también es un compendio de libros, que necesita ser compartido, además de leído y comentado.

Vamos a entrar en el meollo de la Palabra de Dios. Jesús de Nazaret, fue un hombre como nosotros en su vida. Se distinguía porque sólo hizo el bien, pero no se ahorró ningún tipo de sufrimiento, ni de duda, ni de pregunta, porque “era Dios”. Esa es la primera constatación. “Jesús, pasó por la vida como un hombre cualquiera”.

Esto es lo que nos quiere decir el texto primero: Jesús sufrió las dificultades de cualquier persona. Las tentaciones de Jesús no serían seguramente sólo al comienzo de su itinerario público, sino durante toda su vida. La tentación de “coger atajos”, de llevar adelante lo que el Padre le pedía, pero de manera cómoda, fácil, con brillo… siendo importante, utilizando su poder… No siendo uno de tantos, como nosotros.

¡Qué importante es descubrir, que Jesús es nuestro modelo para vivir! ¡Es la imagen misma de Dios! La pregunta sería: ¿Cuáles son nuestras tentaciones hoy? Porque, supongo que todos nos consideramos tentados, por el dinero, por la fama, en nuestra honestidad, en nuestras relaciones… y ¿Quéhacemos con ellas?

El segundo texto, nos habla de la intimidad de Jesús con el Padre: “Este es mi Hijo, escuchadle”. Escuchar, mirar, dejarnos sorprender, emocionarnos… son verbos que describen preciosamente la situación que vivieron aquellos tres discípulos que acompañaban a Jesús. ¡Se quedaron boquiabiertos! Sólo deseaban continuar en aquella situación, pero Jesús les “bajó de la nube” y les animó a continuar el camino hacia Jerusalén (lugar de la muerte de Jesús).

Iban a entrar en el final del trayecto de la Vida de Jesús y necesitaban fuerzas y la Palabra del Padre: ¡Es mi Hijo, escuchadle! Sólo entrando en esa escucha interior, en esa relación afectiva con Él, van a encontrar fuerzas para superar la Pasión y descubrir la Vida que emana de aquella tremenda e injusta muerte.

La pregunta para nosotros sería: ¿Cómo nos relacionamos con Dios, con Jesús? ¿Tenemos algún interés por conocer, encontrarnos… con Él? Todo depende del “afecto”. A Dios se le descubre en “la relación”.

El tercer texto, es el de la Samaritana. Precioso y entrañable. Desde esa especie de dialéctica que ella tiene con Jesús, lo más bonito es descubrir cómo Jesús le lleva a su verdad. ¿Cuántos maridos tienes? … Y la samaritana corre a decir a sus vecinos… hay aquí uno que me ha dicho quién soy. Jesús comienza pidiéndole agua, su agua, nuestra agua, … Y Jesús acaba recodándonos que sólo Él es el AGUA VIVA. ¿Tenemos sed? ¿De qué tipo? ¿Sed profunda? ¿Dónde bebemos? Sólo Él es la Fuente de Agua Viva.

Podemos preguntarnos si alguien nos ha dicho la verdad de lo que somos, así, sin herirnos. Si deshace nuestras falsas seguridades. Si rompe nuestros argumentos ideológicos y nos lleva a la verdad más honda.

El último texto es el del “ciego de nacimiento”. Podemos repasarlo si queremos, es un buen medidor de nuestros miedos. Cuando nuestros argumentos se caen tratamos de utilizar la negación de lo evidente. Es lo que les pasa a los fariseos.

Estamos en una sociedad que “tiene a gala ser increyente”. Es como si creer en Dios nos hiciese más tontos, menos modernos, más trasnochados… Y para justificarse, se llena de argumentos sesudos, llenos de ideología. ¡La fe es para inmaduros!

Igual el texto nos ayuda a pensar en nuestros diálogos de fe e increencia. A mí me gustan. Si alguien quiere debatir, en buena lid, por mí encantada.

Ya he escrito demasiado. Espero que lo lleguéis a leer y entonces… debatiremos. Muchas gracias. Mª Jesús

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